Nochevieja

Hoy es día de limpieza internacional. Todos los polvorientos recuerdos del año nos aguardan hasta hoy, que decidimos sacarlos. Los admiramos, incrédulos por la capacidad que tiene todo de cambiar. Algunos nos sacan una pequeña risa, otros son algo complicados. Su fuerza nos hace frágiles, nuestra fragilidad es un incentivo a intentar dejar de serlo.

Nuestro pequeño planetita ya ha conseguido completar otro giro sobre su estrella preferida, y no ha sido precisamente fácil llegar a esto juntos. Hoy es el día de darnos cuenta de dónde estamos, de lo que hemos conseguido, de que la peonza en la que vivimos sigue avanzando. 

Debemos guardar los recuerdos, poniendo los tristes al fondo, tras los nuevos sobre cómo los hemos superado o los estamos superando, la promesa de un futuro. Debemos sacar los divertidos a la calle, compartirlos con nuestra familia, regalarlos para que crezcan dentro de nosotros. 

Hoy nos damos cuenta de que siempre se pueden pedir deseos, luchar por el cambio, creer en la suerte y vivir en su magia. La estantería de nuestras memorias está deseando abastecerse de la infinita biblioteca de nuestras posibilidades. Por eso, dejémonos impregnar de nostalgia, sumamos nuestra mente en esta pequeña reflexión organizativa, descifremos en el pasado nuestros sueños. Mañana es día de renacer en otro mundo con ellos.

Jovial Navidad

Hoy es Navidad, y necesito huir a algún parque.

Hoy mi yo infantil ha mirado horrorizado a sus futuros padres, y probablemente a toda mi familia. A una hermana cuyos doce años le han sentado como veinte, a unos viejos amigos que en cuanto han crecido han dejado en sus recuerdos poco más que mi nombre. Mi primo sostiene su cerveza (sí, abuela,  17 años no son 18, pero casi, ¡y míralo qué mayor!) mientras mi tía anestesia la habitación con nicotina. Mi padre mantiene sus formas cuando su cuñado discute sobre tácticas con las que empujar una pelotita a una red, pero ambos estallan cuando el mayor de los jóvenes renuncia a su derecho del secreto en el voto. El debate empieza con una enfurecida disputa entre bocas, demasiado ruidosa como para que ningún oído quiera fijarse en aquello que los demás dicen. La sonrisa de la abuela y las carcajadas de mi tía apaciguan en un lado el ambiente, entre comentarios sobre el pavo que traen estudiados desde el año anterior. Las voces siguen subiendo, los jóvenes empiezan a separarse para adentrarse en el mucho más interesante universo de las pantallas y los brazos se cruzan en una batalla por lo que mi madre acaba de conseguir en la zona cara del supermercado.

Puede ser el mareo por el tabaco, o la mezcla de huevo rallado, coca cola y turrón, pero no me encuentro bien. ¿Qué es este dinero que me tiende mi madre? ¿Una compensación porque Papá Noel se haya olvidado de nuestra casa? A ver, es normal que lo haya hecho si no le hemos indicado nuestra presencia con un sólo árbol, nacimiento o detalle conmemorativo de la fecha. 

El Grinch ha aprendido la lección. Se ha llevado las canciones, las sonrisas y la alegría; dejándonos con la comida y los regalos tangibles, que nos embaucan para que no nos demos cuenta de que nos han robado la Navidad.

Por eso, necesito un parque, o cualquier lugar en el que escuchar la risa de un niño. Necesito panderetas, cascabeles y guirnaldas, y que Papá Noel se coma las galletas y la leche. No quiero ser adulta, renuncio a madurar en mi vida. Parece que sólo así seguirá existiendo la magia.

Hipotermia

Ha llegado el frío de tu distancia. No quiero que pase, pero no puedo controlarlo, la temperatura desciende aún más a medida que subo el termostato.  Mis articulaciones, no se mueven, no puedo acariciar, la risa queda atrapada en el vaho. Los sueños traicionan a la percepción en una cama vacía. Mi piel palidece, languidezco, mis ojos no brillan. Oigo tu voz, y reafirmo mi fuerza por continuar, pero soy recordada de que hablo en la lejanía. Ya queda menos tiempo que guardar mis lágrimas, sé que estás ahí, sé que también estás esperando.

Por favor, date prisa, mi corazón se está congelando. Dame un beso de fuego, derrite el gélido infierno con un abrazo.

No siempre nos quedará París

Recemos por las víctimas de París… No, mejor por todos los afectados. O por la ciudad completa. ¿Francia? Sí, son patriotas, ¿y qué hay de los demás bajo amenaza? Qué digo bajo amenaza, ¿qué hay de las demás víctimas inocentes, todos los sirios que pagan las consecuencias ajenas con sus vidas? Ah, puestos a ello, también ha habido gran conflicto en Beirut algo antes. Y en otro par de ciudades más, (un avión, algo de Egipto, algo de Rusia, sí, eso) que no existen hasta que la prensa europea se digne a mencionarlas. 

En fin, realmente no es momento de cuestionar cuán criticables o no fundamentadas son las decisiones ahora. (Además, siempre lo son, dejemos de fingir interés…) El caos nubla las mentes irremediablemente cuando la gente se tapa los oídos por miedo con cada sonido que escucha.

¿Qué tal si rezamos por todo y por todos? ¿Si, por un segundo, nos planteamos lo que somos? ¿Y si rezamos por un mundo donde no dejemos de vivir por miedo a la muerte? O, mejor aún…

¿Y si actuamos?  

Vamos a pensar por nosotros mismo un instante, y dejar que ese Dios al que algunos rezamos se limite a ser un aliciente para seguir adelante, y no una voz de la consciencia que para algunos convierta el amor en una obligación y a otros les pida que le defiendan matando. Si alzamos las cabezas para mirarnos unos a otros, si liberamos nuestras manos de ese abrazo propio para tenderlas al que nos mire desde abajo… 

Aún con el riesgo que supone y con su reciente recordatorio, tengo confianza plena en la especie humana. Cada año, llegamos más lejos que el anterior. Cada época, rompemos todas nuestras perspectivas previas. Es sólo cuestión de un poco más de tiempo, probablemente fomentado con el miedo surgido por alguna que otra desairada experiencia. Confío en que entonces, nos daremos cuenta de nuestra suerte. Algún día dejaremos de perder el tiempo mirándonos a nosotros mismos y despreciando a los otros. Tan pronto como abramos los ojos, comprenderemos que tenemos la increíble oportunidad de experimentar la vida en un universo que en nada se diferencia de la magia.

Amén, quiero decir, que así sea.

Mentimos, ni idea de quiénes somos.

La esperanza está cansada de curar las heridas de los sueños, y al corazón se le ha roto su paraguas para lágrimas. La sonrisa intenta tirar hacia arriba del alma, que se engancha en el nudo de la garganta, sin llegar a escuchar la música que la mente hace vibrar entre los labios. Jornada dura, mañana la mejoraremos.

“Recordad que no todos los que deambulan están perdidos, y no todos los perdidos necesitan que se les encuentre.” Asentimos, ya hemos vivido esto. La racionalidad y la imaginación se culpan mutuamente a gritos ensordecedores, enmudecidos por el suspiro final, brisa de aire fresco para el pensamiento. 

Si hay tantos conflictos, probablemente sea por esta pequeña crisis de identidad que siempre ha existido entre nosotros que la formamos a ella. Aún nos cuesta creer que a esta gran complejidad de sueños, ideas y emociones se nos cosifique de tal manera, reduciéndonos a la insignificante simpleza de un cuerpo material, inventando para nosotros un nombre humano que lo agrupe todo como si perteneciéramos a lo mismo, como si nada.

Pero, como por alguna razón al oído le agrada este nombre y a la racionalidad le parece práctico, somos Isabel Ballester.